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El Gran Capitán, el azote de los ejércitos franceses en Nápoles

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Jesús Ángel Rojo

Jesús Ángel Rojo Pinilla , miembro del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, conferenciante, politólogo y experto en Comunicación e Imagen, cuenta con una amplia trayectoria en el mundo empresarial y periodístico. Autor del best seller Cuando éramos invencibles, además de los libros los Invencibles de América, Grandes Traidores a España y Cuando éramos invencibles 2.

Entre los militares más prestigiosos de la historia mundial destaca don Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán.

Cuando muchos nombran a Sun Tzu, Clausewitz, Napoleón, Patton o Rommel, olvidan que fue este genio militar español quien cambiaría para siempre el «arte de la guerra»: de la pesadez medieval (caballería pesada) a la agilidad moderna (infantería).

Origen del Gran Capitán.
Miembro de la casa de Aguilar, entró con doce años al servicio del príncipe don Alfonso. Tras el fallecimiento del príncipe, don Gonzalo es llamado por la reina Isabel (las malas lenguas hablan de un romance juvenil entre ella y Gonzalo Fernández de Córdoba) para incorporarse a su servicio. Concretamente fueron las guerras de Granada donde se produjo su incorporación en el ejército, destacando en la toma de Illara y en el sitio de Tájara. Gracias a su amistad con Boabdil el Chico, los Reyes Católicos le encargaron las negociaciones que finalizaron con la toma de Granada el 2 de enero de 1492.
El azote de los ejércitos franceses.
La invasión francesa de Nápoles motivó la participación española en el conflicto en ayuda del rey napolitano, siendo don Gonzalo el militar elegido para encabezar los ejércitos.
Tras dos años de lucha utilizando las tácticas aprendidas en la Guerra de Granada, Fernández de Córdoba limpió Calabria de enemigos, conquistó la provincia de Basilicata y tras derrotar a los franceses en Atella, entró triunfante en Nápoles, obteniendo el merecido sobrenombre de Gran Capitán así como el título de duque de Santángelo.
La firma del Tratado de Granada en 1500 puso aparentemente fin a las disputas entre España y Francia por el territorio napolitano. Ambos países se repartían el reino meridional italiano: la zona norte correspondía a los franceses mientras que la sur a los españoles.
1502 se reiniciará la guerra después de que los franceses trataran de nuevo de tomar Reame. Así pues, en la batalla de Ceriñola, el ejército español venció a las tropas del duque de Nemours, que murió en el combate (1503), y el Gran Capitán se apoderó de todo el reino. Mandó Luis XII un nuevo ejército, que fue igualmente vencido a orillas del Garellano (1504), y los franceses tuvieron que rendir la plaza fuerte de Gaeta y dejar libre el campo a los españoles.
Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano.
La Batalla de Ceriñola (28 de abril de 1503) fue un enfrentamiento bélico entre las tropas francesas del comandante Louis d’Armagnac y las españolas, dirigidas por el Gran Capitán. Lo más característico de esta batalla es la rapidez con la que se desarrolló, pues entre la primera carga francesa y la rendición de dicho bando apenas transcurrió una hora, con 4000 bajas en el ejército francés y solamente 100 en el español.
Esta batalla marca el inicio de la era de la infantería, al derrotar por primera vez en la historia a una unidad de este tipo, armada con arcabuces, a una caballería en campo abierto. Debido a esto, las unidades de infantería se mantuvieron en Europa como elemento base de un ejército durante más de 4 siglos, hasta la Primera Guerra Mundial.
Tras el fallecimiento de Isabel en 1504, don Fernando y Gonzalo inician un distanciamiento que provocó la retirada de Córdoba del gobierno napolitano.
Gonzalo terminaría siendo relevado de su puesto. Era tal la popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él nunca deseó, se hubiese conformado con ser comendador de su querida orden de Santiago. Pero Fernando el Católico era suspicaz, desconfiaba de tanto éxito, el mismo rey de Francia, a quien había derrotado, le había ofrecido el generalato de su ejército.
El monarca pidió entonces al «Gran Capitán» un registro de gastos para asegurarse de que no había malgastado fondos reales. Fernando el Católico le reclamó claridad en las cuentas de sus gastos militares en Nápoles, algo que Fernández de Córdoba consideró humillante. Como respuesta a lo que Gonzalo consideraba una gran ofensa personal, el entonces virrey dirigió a la monarquía un memorial conocido como las «Cuentas del Gran Capitán».
De todas las partidas que el Gran Capitán presentó a sus Reyes, las más conocidas y repetidas de todas son las 5 siguientes:
– Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que orasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
 
– Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.
 
– Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.
 
– Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
 
– Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.

Don Gonzalo regresó a España, donde falleció en 1515. A pesar de intentar obtener en numerosas ocasiones el necesario permiso real para trasladarse al lugar donde consiguió todos sus triunfos, nuestro héroe nunca más pudo ir.

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