Relecturas

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Los veranos son época de relecturas. Hace demasiado calor como para sumergirse en nuevos mundos, en nuevos libros. Yo prefiero terrenos ya conocidos, donde, quizás, la sorpresa será menor, pero el disfrute por el detalle y el matiz será muy agradable: el goce de masticar apenas veinte páginas en toda una tarde.

Hoy, he cogido La destrucción o el amor, de Aleixandre. Recuerdo cuando "agarré" el libro por primera vez: por el título, mi primera impresión venía dada por una gran elección: o la destrucción o el amor; al leerlo, me di cuenta del error: no se trataba de dos opciones, sino de dos sinónimos muy meditados por el autor en un libro rotundo y sin fisuras, en una palabra: enorme.

La elección de Aleixandre, en el ya lejano 77, para el Nobel de Literatura, fue un acierto en una Academia que muchas veces no acierta. Ya comentó Luis Antonio de Villena, en alguna ocasión, que es un premio para caballos, y raras veces para exquisitos gatos. Y sorprendió, pues no estaba en la "lista de posibles", habiendo estado, sin embargo, como candidato extraoficial -apoyado desde América, al igual que en su día, Juan Ramón- en el año 75, cuando Franco tuvo su última "erección de fusiles" en Hoyo de Manzanares, y los suecos, tan correctos, lo descartaron. Como descartaron, durante años -gracias a Dios-, al candidato oficial del Régimen: el académico y gris Pemán.

Dando marcha atrás, de los españoles, el de Juan Ramón Jiménez es también muy merecido, pues se premió la concepción de la poesía como un absoluto -sólo Rilke entraría en esa medida, aunque manchado de existencialismo-. Si bajamos a los felices años veinte, nos encontramos a un también feliz y burgués Jacinto Benavente, sin ninguna penetración, pero con una familia muy bien relacionada. Él mismo nos dio la clave, cuando sentenció: que mejor que crear amistades, era crear intereses. En ese año 22, y por sólo citar dos nombres en España, Unamuno y Valle Inclán serían una afinada elección; pero claro, el primero andaba en sus mundos -tan ajenos al pendoneo- y, el segundo, era "hostiado" por la Academia de su propio país, algo tan escandaloso como lo que hoy le ocurre a Umbral. Y por fin, Echegaray, pero, ¿quién es Echegaray? Un Nobel más conocido por la anécdota del "viejo idiota" de Valle, que por su obra…
Dejando a Camilo José Cela o C.J.C. (Comer, Joder y Caminar, como decía él) para el final, nos encontramos, por un lado, a un renovador de la novela, que no quiso aburguesarse, pudiendo hacerlo eternamente escribiendo sus apuntes carpetovetónicos, y que intentó seguir renovando con cada obra, aunque al final no lo consiguiera; y, por otro lado, a un gallego tremendamente práctico para las cosas del dinero y para los trapicheos del Nobel -se las sabía todas-. Conociéndolo bien, González Ruano, en los primeros sesenta, ya pronosticó que lo conseguiría. Y es que el que resiste, gana, pensaría Cela en Estocolmo. Para uno de Padrón no está nada mal…

 

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