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30/04/2018 - José Mª Aguilar Ortiz Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El espectáculo más nacional
Conferencia titulada El Espectáculo más nacional, de José María Aguilar Ortiz

Constituye un gran honor acudir a este festivo recinto, después de haber sido citado o emplazado, nunca mejor dicho, por la prestigiosa peña taurina Pepín Liria, a cuya directiva agradezco cordialmente su invitación para asomarme a este «balconcillo», o mejor dicho, gran mirador velezano de la tauromaquia, y pronunciar estas palabras.

Se preguntarán ustedes, y me pregunto yo también, qué razones pueden justificar mi presencia en Vélez-Rubio ante tan distinguido auditorio de aficionados a nuestra fiesta nacional. Cuando acepté el desafío, era consciente de mi impostura: ¿Qué hace un lego, aunque admirador fervoroso del espectáculo más nacional, hablando a entendidos como los miembros de esta peña ilustre?

Rebuscando en mi mala conciencia, encontré dos causas. La primera y más importante es sin duda la amistad: ella fue quien me aguijoneó para meterme en semejante danza; la amistad con José Juan Martínez Navarro y la amistad, ya probada, que me une a Vélez como consecuencia de sucesivas visitas en las que tuve la satisfacción de participar en la vida de la ciudad.

Una de ellas, inolvidable, en la vida religiosa, pronunciando el pregón de la Tradicional Hermandad de la Virgen de los Dolores del año 2013, continuada con la presentación del  pregonero del año siguiente. Aquí llevo prendida la medalla de honor que me concedió la Cofradía en aquella ocasión, de la que me siento tan orgulloso.

Otra visita, sumamente grata también, me permitió intervenir en la vida cultural de Vélez, cuando presenté mi libro Desde la Cibeles en el Museo Guirao, en julio del pasado año.

En estas ocasiones fui generosamente agasajado por las autoridades religiosas y civiles de Vélez-Rubio, y siempre por el cariñoso grupo de amigos velezanos que en número creciente se ha ido reuniendo a mi alrededor.

Hay una segunda causa, menos importante quizás, pero sin duda favorable a mi candidatura: el ser bisnieto de Juan Gualberto López-Valdemoro, el conde de las Navas, renombrado escritor y autor de un libro ya legendario, El Espectáculo más nacional, publicado en 1899; libro, cuya lectura, se decía en su tiempo, era suficiente para convertir al lector en un buen aficionado, ya que en él reunió y sintetizó mi bisabuelo cuanto de toros y toreros se sabía hasta el momento, empresa casi tan magna, a su parecer, como la de achicar el estanque del Retiro con una concha de almeja. «Y me olvido de que soy malagueño», añadía.

Este libro, en el que su autor «se propuso solamente probar la propiedad y exactitud del título «Fiesta Nacional» para las corridas de toros, fue a partir de entonces la obra de referencia para quienes escribieron después de él.

Un escritor y crítico taurino de la época, profesor de ciencias, afirmaba, que el libro del conde de las Navas era la tabla de logaritmos del toreo. Ahí es ná.

Así que cuando José Juan me propuso, a mí que soy imperito en asuntos de garrocha y de muleta, hablar de la fiesta nacional, empecé a calcular, un tanto acongojado, qué cosa de cuernos podría yo decir en esta ocasión. Mi amigo, siempre tan elegante, acudió al quite, por verónicas, diciéndome: «Titula la conferencia como el libro de tu bisabuelo y dinos algo sobre aquel malagueño tan erudito y tan simpático, autor también de numerosos chascarrillos andaluces».

Otro quite, este en largo, me hizo el secretario de la peña, cuando hablamos por teléfono para concretar mi participación. «¿Por qué no invita usted a algún maestro que lo acompañe el día de su presentación en esta plaza?»—me dijo.

Y yo, aprovechando la ocasión y el hecho de no haber precisado don Vitoriano de qué clase de maestro se trataba, me acordé enseguida de mi buen amigo Antonio Moreno, aquí a mi lado, maestro de verdad, de profesión y de espíritu, verdadero aficionado y conocedor profundo de nuestra fiesta nacional.

Te agradezco, querido Antonio, la premura con que hiciste el quite que te pedí, el tuyo por derecho, cuando te propuse que toreáramos al alimón, o por colleras, como inteligentemente me corregiste. Contigo a mi lado me siento mucho más seguro.

José Juan me dio aún otro consejo, «vete al asunto en corto y por derecho», José María, como los buenos mataores. O como decía Lagartijo definiendo el toreo: «Se pone usted delante del toro, viene el toro… se aparta usted. Que no se aparta usted… pues le aparta el toro.»

Eso, pensé yo, igual que cuando tu mujer te pide que te tires por un balcón; pídele a Dios entonces que sea un entresuelo.

En fin, es muy posible que mi conferencia resulte desordenada, como la lidia sin dirección en plaza. Confío en que ustedes sabrán perdonarme. Siendo así, brindo mi intervención a la misericordiosa Virgen de los Dolores. Y al grano. Señor presidente, con la venia.

Del libro de mi bisabuelo, que aunque excelente, es muy denso, solo diré unas cuantas cosas. Se halla dividido en ocho partes, un Apartado y siete toros llamados Saguntino, Jubileo, Golilla, Acomodado, Pinturero, Tranvía y Embolado.

El texto viene precedido de un prólogo titulado La Alternativa, del conocido escritor y revistero taurino de la época, don Luis Carmena y Millán, en el que decía  textualmente: «Que en sus hermosas bregas [el conde de las Navas] ha logrado fundir la seriedad, el tono y la grandeza de la escuela rondeña que inmortalizó Pedro Romero, con la gracia, alegría y adorno del toreo sevillano, o sea, el fondo y la forma, la verdad y la belleza.» Difícilmente podría encontrase mejor elogio.

El primer toro, Saguntino, trata de los orígenes y desarrollo histórico del espectáculo taurino y de su coexistencia con el progreso.  Jubileo, de las relaciones de la Iglesia Católica con las corridas de toros. Golilla de los resultados prácticos alcanzados por las leyes civiles que prohibieron o reglamentaron las corridas de toros. A este respecto diré tan solo que el pueblo español no hizo mucho caso de las prohibiciones que periódicamente se hicieron, ya que «hombres que no tenían miedo a los cuernos de las fieras, se conoce que temieron mucho menos a las excomuniones y los anatemas», como dijo Sánchez Neira, autor de un diccionario taurino, anterior al Espectáculo más nacional.

Acomodado trata de la importancia económica de la fiesta. Pinturero se ocupa del reflejo vivísimo del espectáculo nacional en la literatura y en las bellas artes, y Tranvía de la intervención que todas, absolutamente todas las clases sociales tuvieron en España, ya como actores, ya como espectadores de la única fiesta cobijada por la bandera nacional. El último toro, Embolado, queda para beneficio de los extranjeros.

El resumen de esta monumental corrida en beneficio de la historia, lo hizo el propio conde de las Navas al final del libro:

«Si la fiesta española tiene, como se ha visto—dice—, tan antiguo y noble abolengo; si sus relaciones con la Iglesia Católica son tan íntimas; si la ley tuvo que doblar su vara ante las corridas de toros como un junco, o convertirla en batuta para dirigir la función; si vienen siendo estas en nuestro país, (desde el estrecho de Gibraltar hasta la Concha de San Sebastián, y desde Valencia a Tuy), fuente inagotable de riqueza y de caridad; si la lira, la paleta, el cincel y la prensa les deben innumerables materiales y argumentos, y si chicos y grandes, hombres y mujeres, monjas y clérigos, militares y paisanos, ¿qué más?..., ¡¡hasta los ciegos torearon en esta tierra!!: no es preciso estarlo para negar a la fiesta el título de nacional? »

E insistía:

«Repito, que yo ni ataco ni defiendo el espectáculo: solo procuro mantener la propiedad del título que quieren negarle cuatro sabios demasiado sensibles. De ser así, declaro que me irrito al oír afirmar a unos pocos españoles que las corridas de toros nos deshonran ante el mudo civilizado.»

O como dijera Sánchez Neira, «el pueblo español, calumniado en este particular, como en otros muchos, injusta y duramente por envidiosos extranjeros, hipócritas moralistas y venales filosofastros.»

La afición del conde de las Navas por nuestra fiesta, como la de tantos españoles, comenzó a muy temprana edad. Criado en Andalucía, entre Málaga, Lucena de Córdoba y Sevilla y también en Madrid, su lenguaje se impregnó pronto del habla taurina. Dan testimonio de ello las palabras que puso al frente de su primer libro, un libro de cuentos, titulado La docena del fraile, contestando al prologuista, el distinguido escritor don Carlos Frontaura. En él muestra un temor semejante al mío en estos momentos:

«Maestro—le dice—: Aquí me tiene ya, con el capote de paseo reliado al cuerpo y con más miedo que el Barón del Monte.

Es la primera vez que piso la resbaladiza arena de la plaza: sea V., por Dios, mi Joselito: ayúdeme con sus grandes recursos para que el revolcón no me cueste la vida, aunque pierda en él algunos caireles de la ropilla. Su nombre de V., figurando en el cartel, disculpará en parte mis frecuentes huídas, y dirán, cuando más que estuve desgraciado en la lidia, porque los primeros espadas, como V., no sacan en su cuadrilla, sin más ni más, a cualquier maleta.

A V., más que a nadie, le corresponde darme la alternativa, y hasta quisiera yo que brindase V. en mi nombre, aunque esto no se acostumbre en tales casos.

Mire V., maestro: más que al toro, temo yo a la gente de los tendidos: al fin y al cabo, aquel puede distraerse con el percal o la seda de mi capote, y, como usted dijo muy bien, no tiene más que la primera intención; pero este, libre de cornadas detrás de las tablas, puede hacer llover sobre mis costillas una nube de naranjazos que me desconcierte hasta el punto de que el bicho me saque en la cabeza y tenga que cortarme la coleta cuando apenas me ha crecido el pelo.

¡Ah, maestro de mi alma, ya suena el clarín! ¡Si lo sé no me escrituro!

Ahora, para ilustrar brevemente el carácter polémico de los toros, les leeré la crítica del mejor amigo del conde de las Navas, el erudito sevillano José Gestoso, cuando acudió a la petición de su amigo, en el periódico La Correspondencia de España a propósito de la publicación de este libro:             

«Voy a terminar—dice—, pero antes deja a mi amistad que…, lo diré de una vez, te dé un consejo: quien como tú posee cualidades relevantes para ser en breve plazo aplaudido escritor, no ha menester rendir culto a ciertas modas que por desgracia están en boga; tienes bastante talento, por el contrario, para ser azote de ellas y no rendir parias a la endiablada afición taurómaca, dominante en todas las esferas, como lo fue en otros tiempos la lectura  de aquellos libros de la mentada caballería, y en vez de combatir lo, que por más vueltas que se le dé, será siempre padrón de ignominia para España, entras en la corriente y escribes una carta al señor don Carlos Frontaura, que parece digna de un Lagartijo o de un Frascuelo, pero no del autor de La Niña Araceli.

En buena hora que aquellos bravos hablen de revolcones, lidia, espadas primeras y segundas, alternativas, cornadas, capotes y coletas, pero a la verdad, ¿no te parece que tan festivo lenguaje es más propio de barbianes que de literatos? Así lo entiendo, quizá llevado por mi antipatía a la fiesta nacional y por ende, a todo lo que se relaciona con ella, tal vez «porque he sacado en claro que ni las entiendo ni me hacen gracia». Deja pues, que en los circos y mataderos se emplee este tecnicismo, considéralo siempre impropio de los que estiman la nobleza y elegancia de nuestro hermoso idioma a que tu siempre has tenido plausible afición como lo demuestras en tu libro, cuyo estilo complazco en reconocer castizo y correcto.

Ahora me resta solo suplicarte perdón por el consejillo, pero como entiendo que has de ver en él no la firmeza más o menos suave y dulce, sino el intento que me ha guiado al dártelo; no dudo que habrás de otorgarlo en gracia de la invariable amistad de tu siempre afectísimo, José Gestoso y Pérez.”

¿No está mal, eh?

Debo señalar que, a pesar de la severa amonestación contenida en este alegato antitaurino, Juan Gualberto, que llegó a torear de joven, conservó de por vida su afición a la fiesta y al habla taurina.

Con el paso de los años, la actitud adversa de Gestoso, como pasa a menudo con muchos detractores, se fue suavizando un tanto. Tanto que se atrevió a escribirle lo siguiente:

«Créeme: así como los toreros son, de acuerdo con todos los principios de la estética y de la filosofía, artistas de cuerpo entero; así la fiesta nacional es lo único (con el Monte de Piedad y la Casa de Socorro) bien administrado en España: modelo en fin, digno de imitar en conjunto.»            

Es evidente que la polémica en torno a la fiesta nacional se produce porque no es, precisamente, uno de esos espectáculos insulsos o de nula significación que se han ido imponiendo poco a poco, sino todo lo contrario. Aunque solo fuera para evitar que la inanidad y el aburrimiento se apoderasen definitivamente del mundo del espectáculo, debería conservarse.

Y este es el momento para traer aquí la conocida distinción entre la taurofilia y la taurofobia: «Taurófilos son los amantes, panegiristas o exaltados del toreo: Taurófobos son los que profesan horror a los cuernos.»

Es evidente que las causas históricas de la taurofobia han ido variando a lo largo de los tiempos. Al principio, el rechazo venía determinado, sobre todo por el peligro que corrían los toreadores a caballo o los toreros a pie, y por el carácter cruento del espectáculo taurino.

Cuando el arte de toreo se perfeccionó, haciéndose menos sangriento,  y la muerte del torero en el ruedo se hizo infrecuente, se invocó la muerte del toro como causa del rechazo, razón que desde el advenimiento del pacifismo y del animalismo, ya en su versiones sinceras como en las hipócritas, ha ido en aumento.

En la actualidad, la crítica al toreo como expresión de barbarie, basada en la condena general de la forma de vida del pueblo español, sigue viniendo de la mano de los propagandistas de la Leyenda Negra antiespañola. En este sentido, los argumentos utilizados para la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, demuestran indirectamente la hispanofobia del nacionalismo catalán.

Y para no meterme en la peligrosa senda de la política, me parece que  ha llegado el momento de contar alguno de los geniales chascarrillos taurinos del conde de las Navas.

Antes una observación: en el mundo literario, los chascarrillos, como los toros en el mundo taurino, tienen sus partidarios y sus detractores. Podemos ilustrarlo de nuevo trayendo a colación a nuestros dos amigos, Juan López-Valdemoro y José Gestoso. Nuevamente, el primero se muestra a favor y el segundo en contra. Oigan al segundo, también con ocasión de una crítica a un libro del conde de las Navas donde aparecían algunos chascarrillos:

«Nada te digo de los chascarrillos, primero porque no soy aficionado al género, segundo porque desdicen de la seriedad de todo un bibliotecario mayor de S.M. que sabe hacer cosas de más alto relieve. Bien sé que al público agradan estos pasatiempos, pero los que como tú tienen otra alteza de pensamientos, no deben ni aún siquiera, parar mientes en esas fruslerías buenas para… te lo diré aunque me riñas… para almanaques. Vengan pues todos los cuentos que quieras, que quien como tu sabe hacerlos merece plácemes por ellos y allá se queden los chistes para los Felipe Pérez y otros de su jaez.»

El conde de las Navas desoyó el consejo también esta vez y siguió escribiéndolos; su propensión al chiste, que elevó a categoría de género literario, era invencible. Véase una muestra:

«Salía un toro muy poderoso, de esos que suelen echarse por la palomilla al picador sin desmontarlo. Andaban éstos huyendo el bulto de aquí para allá como alumnos de picadero, cambiando pistas, pero el público, que conoció enseguida el juego, jamándose la partía, comenzó a llover sobre los varilargueros atroces insultos, naranjas y botellas vacías.

Por fin, el famoso Pinto, quitándose el ruedo de la cabeza, dedicó un estropajoso brindis a la gente del tendido, se pasó la mano por la bocaza, para humedecer la garrocha y que no resbalase, y se fue al toro.

Mugió éste, con los brazuelos trazó profundos surcos en la arena, espolvoreándose los flancos, humilló, y alzando inmediatamente la temible cabeza, como si dijese «allá voy», se lanzó sobre Pinto a la manera de un río que quiebra las compuertas de la presa.

Cabalgadura y jinete se derrumbaron como la encina al último hachazo del leñador; se levantó una espesa nube de polvo á través de la que se veían revueltos, trapos, colorines, sangre y mondongos.

El toro parecía labrador que en la era maneja el viergo, aventando con la cornamenta toda aquella masa informe y pintoresca.

Pinto había llevado contra la barrera un golpe terrible en las encías de las que saltaron algunos huesos de raíz.

Por fin los peones, no sin grandes esfuerzos, lograron llevarse al toro. Los mozos de plaza levantaron al picador, que se enjuagó la boca y el gaznate con aguardiente, regalo de un aficionado compasivo, y después de echarse la garrocha al hombro, salió andando hacia la cuadra, pegadito á la barrera, en busca de otro infeliz caballo, pues el caído no daba ya señales de vida.

Como el toro había salido de la refriega con un gran desgarrón, por haberse corrido la vara fuera de sitio, el público silbaba y pedía que llevasen á la cárcel á Pinto.

Al entrar éste por la puerta del arrastradero, le gritó un espectador:

 —Córtate la coleta, morral, que ya estás muy viejo para estas suertes.

—¿Viejo?—respondió Pinto, mirando melancólicamente hacia al tendido, mientras se llevaba una mano á la boca.—¿Viejo, y acabo de muar la entaura?»

Haré una referencia al espectáculo que se ha adueñado del alma o de la mente de la mayoría de los españoles, el fútbol, claro. Independientemente, a mi juicio, de que la belleza y la verdad contenida en las corridas de toros son muy superiores a las del fútbol, desde el advenimiento de la democracia y el Estado de las Autonomías, el fútbol ha perdido su carácter nacional. Antes cualquier equipo de fútbol representaba a su localidad, primero, y siempre a España. Ahora los equipos representan en muchos casos a las Autonomías, siendo a veces expresamente hostiles a España, dándose el caso de que en alguna final de campeonato de copa del rey, de triste recuerdo, las aficiones antiespañolas de dos  equipos, que se declaran asimismo antiespañoles, se permitieron el lujo de insultar al rey de España y a la bandera nacional.

Y tampoco, podemos olvidar que como consecuencia de dicha corrupción política y moral, se entrega la alineación del equipo de la selección española a un seleccionador de muy dudoso patriotismo, que alinea a futbolistas que se declaran enemigos de España y la ofenden con sus declaraciones públicas.

Por estas razones, la fiesta de los toros continúa siendo la más nacional sin comparación posible. Afortunadamente, la monarquía, a través de uno de los miembros de la Casa Real, se declara amante y partidaria de los toros. En unas recientes declaraciones, la infanta de España Elena de Borbón ha manifestado lo siguiente:

«Respeto los gustos de cada cual y por eso me siento orgullosa de querer y de apoyar en la medida de mis posibilidades el espectáculo de la tauromaquia. Amarlo es sin duda amar en una de sus muchas riquísimas facetas a esta España donde todos cabemos en enriquecedora convivencia, asentada en el respeto mutuo», ha asegurado la infanta. Creo que merece nuestro aplauso.

Pero nos estamos poniendo muy serios. Ahora otro chascarrillo, La caída de la tarde.

«Ocurrió el caso en la Plaza de toros de Sevilla, que no tiene igual en el mundo entero. A Puerto, que sentía como crece la hierba, no le hubiera enturbiado la vista una docena de botellas del salus infirmorum de Valderrama. El brazo del famoso piquero parecía gruesa y retorcida  raíz de almez, flexible como fleje de acero bien templado. ¿Corazón?... Cantando un polo y punteando la guitarra, hubiese ido derechamente a tomar una barricada defendida por cuatro piezas de          tiro rápido. Pero amigo, cuando a un hombre se le viene encima la catedral de Toledo con cuernos ocurre que cae a tierra, cae de golpe, como fulminado…, como cayó Puerto, dando de latiguillo, sobre la arena, tal batacazo, que pareció conmoverse el ruedo desde la circunferencia hasta el centro.

El insultó se mezcló con el requiebro, el chiste de la tierra con exclamaciones en lenguas extranjeras; el agua de Comares, con panal y aguardiente, se precipitaba por los gañotes, como la manzanilla de Sanlúcar de Barrameda… ¡Bonita estaba la plaza de verdad, y fué mucha caída la de Puerto!   

A los alaridos del público se despabiló un borracho, interpelando al picador: «Quié usté repetí la zuerte, que con er porvo no la he visto?»

Durante unos minutos no pudo distinguirse, en efecto, bajo la polvareda y entre los reflejos centelleantes de la sangre, las lentejuelas del traje de luces y la sedosa, negrísima montaña del toro―que quería aventar a fuerza de derrotes al jinete y al penco―a ninguno de los tres aislada y completamente.   

Acudieron los peones a salvar a Puerto, consiguiendo difícilmente alejar al Miura, que chorreaba sangre, propia y ajena, y los monos-sabios pudieron, al fin, retirar al picador del ruedo, llevándole entre cuatro, sin sentido, como un costal, lívido.

No lograban en la enfermería hacerle volver en sí aplicándole, uno tras otro, todos los recursos y medicamentos usuales en tales  casos. Por fin, un amigo íntimo de Puerto se atrevió a pedir aguardiente para mojarle los labios, y por ella salió a escape el             granuja que servía de monaguillo en la Capilla de los Toreros.

Después de corretear en balde, topó el muchacho con cierto aguador amigo, que se retiraba, y le dió de caridad las escurriduras de la botella de aguardiente; apenas la tercera parte de una copa. Pero como el monago no era de los que se ahogan en un charco, salió del paso rellenándolo con espíritu de vino del frasco prevenido en la enfermería para alimento de un infiernillo.

Con mucho tiento, incorporaron a Puerto en la camilla, le abrieron la boca y, arrimando la copa, fueron vertiendo gotas del contenido.

Como revive la luz del candil puesto en contacto con la piquera de la alcuza, así fué el picador recobrando el sentido a medida que ingería aquel veneno.

Luego sacó la lengua, relamiéndose los labios pausadamente; medio abrió los ojos, puestos en blanco; movió la cabeza de un lado a otro, y murmuró, por último, con verdadera delectación, después de sorber el resto de la copa:

            –¡Zuperior, zuperior!»

 

Para el carro, colegial —oigo que me dice al oído mi amigo Antonio Moreno—que citas más que Joselito y los juzgaos y si continuas yo no meto mi cuchara en un semestre.

Es necesario, pues, dar ya la puntilla a esta charla después de tanto marronazo, tanto capoteo a dos manos, salidas en falso y jindama, tanto desarme y tanto pinchar en hueso. Un bajonazo y las mulillas. Y si alguien pretende arrojar algo, que sean almohadillas. En cualquier caso preferiría, contando con la benevolencia de los aficionados, obtener una cosecha de palmas y tabacos, antiguo premio equivalente a las orejas de hoy.

Mas no teman, que ahora continuará con la faena un verdadero maestro y no un maletilla o un capitalista como el que les habla. Se trata de Antonio Moreno González. Permítanme que lo presente:

Antonio Moreno González es Maestro Nacional y Rural de Primera Enseñanza, vaya esto por delante. Es también, Doctor en Ciencias Físicas y Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid. Cuenta con importantes distinciones: Medalla de Honor de la Universidad Complutense (1993), Medalla Internacional Alessandro Volta (Como, 1999) y Encomienda de la Orden de Alfonso X El Sabio (2007).

Complementando su actividad académica e investigadora, se ha interesado por la tauromaquia, la ópera y el cante flamenco.

Fue presentador de la Reunión de Cante Jondo de la Puebla de Cazalla (1990); Dio la conferencia de apertura del 20 Aniversario de la Peña Taurina “El Capote” de Alcázar de San Juan—su pueblo natal—sobre Tauromaquias y Aficionados (2002); Obtuvo el Primer premio del Concurso literario-taurino internacional “Doctor Zúmel” (2017) sobre Educación y Tauromaquia para el siglo XXI, compartido con François Zumbiehl, asesor del Observatorio Taurino de Francia; es autor del capítulo Por qué me gustan los toros de la Agenda Taurina 2018 publicada en la Comunidad de Madrid para España, América, Francia y Portugal; presentó la Charla-coloquio, Iniciación a la cultura taurina, en la Escuela Taurina José Cubero “Yiyo” de las Ventas (2018); es miembro del jurado del Centro Riojano de Madrid que concede anualmente el vestido de luces rioja y oro al triunfador del San Isidro.

            Y con esto basta: ¡adelante con los faroles, maestro!









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