Televisión de necios y para necios

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Una reciente encuesta ha desvelado las aspiraciones vitales hegemónicas entre los nenes y las nenas españoles de hoy.
-¿Y tú qué quieres ser de mayor?
-Yo tonta y guapa, señor encuestador.
-Eso está muy bien, princesa. ¿Y tú?
-Yo cantante fashion.
-Así se habla, machote.

He aquí el horizonte de expectativas que ocupa las mentes necrosadas y los cándidos corazones de nuestros impúberes. La culpa es de la televisión, claro, que hoy tiene delegadas todas las competencias reales en materia de educación en esta sociedad de la imagen y del odio a la inteligencia.

La pregunta es: ¿son las televisiones las que modelan los gustos de las masas invertebradas o son las demandas definidísimas del vulgo las que exigen el asfixiante volumen de telemierda narcótica que inunda las parrillas de programación? La respuesta, evidentemente, es que ambas hipótesis son ciertas, pero se trata de fenómenos cronológicamente sucesivos. Lo del pan y circo para tener a la gente callada y contenta viene de viejo, pero al menos en el Coliseo se montaban unas naumaquias la mar de excitantes. La gente ve lo que le echan, pero antes hay un tipo que idea lo que hay que echar. En el suponer remoto de que algún director de contenidos forrado -pongamos que de Telecinco- quiera dejar de ganar pasta fácil en aras de la formación de personas normales, la solución pasaría por contratar creativos y guionistas con muebles en la cabeza; pero como los operarios del ramo ya se han educado (?) en la era de la imagen, comparten necrocefalia con los destinatarios de sus deposiciones televisivas.

El ejemplo de los realities es el más sórdido. Puede atribuirse al primero cierta inspiración, pero cada enésima versión de lo mismo confirma la hambruna de talento que asola el mundillo. Tan malos son que hasta la masa deja de verlos y caen de la parrilla para ser sustituidos por otros que caerán también, y así. Lo peor es que entretanto están creando monstruos impunemente. Un reality es un experimento muy nazi: unos programadores con poder hacinan desharrapados para que la masa vidente se enorgullezca de no creerse tan miserable.

O la cosa esa de las supermodelos, donde las niñas aprenden a evacuar de su cabecita cualquier idea relacionada con la necesidad de ganarse la vida trabajando para que a cambio quepan todas las marcas de cremas hidratantes, es para echarse a llorar y no secarse en un mes. Operación Triunfo Quince, aparte de un insulto a los verdaderos artistas y una factoría de bebés perpetuos, hoy sólo puede aspirar a convocar el sarcasmo en los breves momentos en que no genera un oceánico aburrimiento. De las tertulias rosas ya hay mucho dicho y me cansa añadir nada, salvo que personalmente entrullaría a todas las peluqueras y mediohombres que en ellas barritan. Rescato los partidos de fútbol, las pelis de Robert de Niro, Los Simpson y Camera Café. Alguna serie, mayormente de origen americano. Y punto.

Habrá gente satisfecha, me dirán. Eso es lo triste. Pues no vea usted la tele, concluirán. Ya. Que me digan también cómo sustraerse a la manada de necios que va a dirigir este país cuando midan  -crecer es decir mucho- un poco más.

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