Sadam Hussein

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El hombre es cainita. El asesinato es humano. Lo humano, a pesar de lo que digan los optimistas, no tiene por qué ser bueno. De hecho, últimamente, nos esforzamos en demostrarlo. Entiendo, siempre entre comillas, el asesinato realizado individualmente en una situación límite; es parte de nuestra esencia, algo atávico, profundo e instintivo. Tampoco llego al punto de considerarlo, como el gran helenista y opiómano Thomas de Quincey, como una de las bellas artes. Pero lo que nunca podré entender es el asesinato institucional que se libera de responsabilidades escudado en abstracciones legales o diluido en una sociedad de la que sólo nos consideramos parte cuando queremos pedir, mirando para otro lado cuando nos requiere un mínimo esfuerzo.

El de Sadam Hussein ha sido un asesinato. El reconocerlo no quita ni un ápice de las atrocidades que cometió, pero cada cosa tiene su nombre y ésta ha sido una venganza a la que han tratado de vestir de justicia, como la guerra se excusó en unas armas de destrucción masiva que iban a caer sobre nosotros como un apocalipsis. Bush, todavía más peligroso por ignorante que por malo, se ha hecho una baraja de criminales para sus soldados y ha alargado su brazo, que tanta muerte firmó en Texas, para terminar la partida de papá. Ahora expone orgulloso, junto a un trofeo de caza con toda su cornamenta, una foto de Sadam con sus dos hijos y hermano como el póquer de muertos con el que ha ganado su batallita particular, que es la que le importa y no los miles de negros e hispanos, en su mayoría, que han muerto engañados con la zanahoria del patriotismo -los iraquíes ni siquiera cuentan-. Los Estados Unidos celebran la muerte de Hussein porque no pueden celebrar una guerra ganada, ni siquiera una guerra terminada, que firmarían ahora mismo si supieran cómo salir del embrollo.

A Sadam lo han ahorcado cuando pedía fusiles, consiguiendo, en vez de la humillación pretendida, que siga dirigiendo el caos desde las tinieblas, con el problema de que no pueden cargárselo por segunda vez. Los verdugos han danzado alrededor del péndulo como animales cobardes y estúpidos, mientras la presencia del dictador crecía como un gigante. La hipocresía lleva no sólo a filmarlo, sino a mostrarlo, y cuando la lectura de la resolución de la sentencia fue censurada en algunas partes por la televisión.

A todo esto, el primer ministro iraquí dice que ha pasado una página negra del país. Sorprendente declaración cuando hoy mismo, día en el que escribo, hay más de cien muertos y de trescientos heridos en una guerra civil que no se quiere bautizar como tal, pues, en teoría, el Irak pos-Hussein iba a ser un país democrático y en paz.

Posdata: No sé a quien he oído últimamente que tendrían que ser los poetas los que dirigieran el mundo. Pobre iluso, ¿acaso no conoce la justa fama de mal nacidos que tenemos? Lo que sí habría que hacer es prohibir a los políticos que le dieran al verso y que así gastaran su poca sensibilidad en la sociedad, que siempre resultará más útil… Aznar, Villepin y hasta el mismo Hussein, que llegó a invitar a Gala a su país para oírlo recitar, intérprete de por medio. Pero eso sería otra historia.
 

 

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