Nostalgia del héroe

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No soy muy de efemérides, pero hay dos aniversarios -uno pasado y otro que se avecina- que no puedo pasar por alto. El día 26 de mayo se cumplió el centenario del nacimiento de John Wayne. Mi ídolo de infancia y de juventud. Un nombre mítico. Grandioso. El señor del Oeste. El Duke, como le apodaban cariñosamente, todavía es para mí el emblema de la valentía y de la justicia, de la magnanimidad y del liderazgo. Y un poco también de la chulería. Mientras él cabalgara por las praderas y los pueblos de Texas, Arizona o Nuevo México, mientras vadeara las orillas del Río Grande y del Pecos, mientras viajara en la diligencia de Lordsburg, mientras, digamos, él anduviera por ahí, entonces el bien era posible, y los cuatreros, los forajidos y los que se dedicaban a extorsionar a los más débiles podían temer a algo más que a su propia conciencia. Porque yo sabía que si te enfrentabas al Duke sólo podías ser un temerario suicida. Con un Colt 45 en su cartuchera eras hombre muerto, aunque, por otra parte, si intentabas huir, también era infalible con un Winchester en sus brazos. Y eso aunque tuviera una bala alojada en su columna vertebral.

Pero, ante todo, Wayne era un tío íntegro, que siempre servía al bien y odiaba el mal sin moralinas ni estrecheces. Era el cowboy que siempre tomaba las decisiones correctas, y que además ganaba, qué leche, como mandan los cánones. Además era un héroe tan rudo y fuerte como simpático y romántico. Un auténtico galán, aunque la chica se llamara Dallas. Cuentan que una vez le preguntaron por qué no hacía ninguna escenita de cama, picante y eso, y el gran vaquero que vino de Iowa sentenció con desparpajo algo así como "yo no hago cosas que le daría vergüenza hacer a mi caballo". Sólo por esa frase habría que haberle dado el Nobel de literatura. Ni Faulkner ni pamplinas. La ética de sus comportamientos sólo es comparable a la del Bogart de Casablanca. Wayne es el Bogey del desierto. Por eso y porque desenfundaba como nadie, yo quería ser como él cuando era pequeño; bueno, como él y como Alan Ladd, del que vi un ciclo enterito en "Primera Sesión" (por cierto, entonces todas las pelis de la tele eran buenas), y que aunque era un tío mucho más bajito, siempre llevaba superpeinado su pelo rubio y molaba cantidad cuando manejaba el cuchillo. Pero, en el fondo, yo estaba seguro de que entre John Wayne y Alan Ladd sólo podía ganar el hombre más duro al sur del Picketwire. Wayne era el rey, o mejor dicho el Duque, y su territorio era todo el mundo al oeste del Mississippi, aunque el verdadero trono se encontraba en Monument Valley, ese extraño trozo de desierto, tierra de navajos, ubicado entre Utah y Arizona. En fin, John Wayne era todo lo que yo quería ser cuando era pequeño. Y no entendía que en Madrid ya no hubiera caballos que montar, ni saloones de puertas batientes en donde beber un trago de whisky, ni chicas a las que salvar, ni asesinos con el mango del revólver nacarado, ni bañeras de patas, ni ríos increíblemente idílicos. En Madrid no había nada de eso. Ni tampoco lo hay ahora. Por eso regreso a Shinbone siempre que puedo, bueno siempre que puedo y la nostalgia me lo permite.

El otro aniversario, es también cinematográfico, pero remite a recuerdos más cercanos: el día 25 de este mes se cumplen 25 años del estreno de Blade Runner. No tengo espacio, pero prometo un artículo, amigo replicante.

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