Navidad irrecuperable

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Tras diez años perdido en fugas, he regresado a casa para recuperar la Navidad irrecuperable de la infancia. Un viaje de paseos que tienen mucho que ver con el fetiche. Siempre que vuelvo a Coruña tengo la sensación de que me estoy perdiendo el vivir otra vida, la mía de verdad, y que la recupero por algunos instantes lúcidos. Soy consciente, vagamente, de que vivo la vida de otro, que también es parte de mí y que siento a medias ajena.

 Me gusta meterme en el Jardín de San Carlos, decadente y coronado con la tumba de sir John Moore y el recuerdo de la Batalla de Elviña. Beber unos vinos en Casa Andrés y tapar sus huecos espirituales con unas tapas en La Bombilla. Comprar un cucurucho de castañas, que lo asocio a algo tan de antiguo que me sorprende que no lo sigan cobrando en pesetas. Castañas asadas que se meten en el bolsillo para combatir esa humedad que cala hasta el hueso, y que se comen tibias, una vez han perdido su efecto de calefacción central. Mi madre asegura que a mí me gustan más las que prepara ella: cocidas y con anís; también me compra vino de Rueda, eso sí, cien por cien verdejo, cuando a mí me gusta más el albariño, pero no se lo digo. No es plan de que me pague el vicio y, además, le salga caro. El café lo tomo fuera de casa. Mi madre avisa: aquí el café es malo, como en los barcos. Una manera curiosa de recordar sus tiempos en los que viajaba en barcos mercantes siendo ella la única mujer, y aquellos petroleros a los que subía por la escalera de gato en los muelles de Rótterdam, y que la llevaban, bordeando las áfricas, hasta fondear en el Golfo Pérsico.

Algo que no puede faltar en mis subidas a Galicia es dar la vuelta al castillo de Santa Cruz, que han mutilado de ser isla poniendo un puente que hace la función de cadena, y las visitas a las librerías de viejo donde aprovecho para comprar poesía en gallego de pequeñas editoriales y grandes poetas. Esta vez he encontrado, como un tesoro, un terrible, por fantástico, catálogo de Eduardo Naranjo, del que mi editor Luis Aguado dice tener algunos cuadros que en trueques le daba el pintor a su madre a cambio de cenas en el Mayte Commodore cuando la cotización se medía en chuletones. Con él, me fui a la exposición de Gerardo Porto, de la que salí tan perturbado que no pude dormir en toda la noche. Qué razón tenía Mariquiña Valle-Inclán cuando comentaba que nunca había encontrado un pintor contento con la reproducción de sus obras. Enfrentarse al cuadro es algo más. A Porto lo llamé en los días de la inauguración para felicitarlo. Se va a pasar las fiestas a Holanda, su otra mitad. Me cuenta que ya esta lista toda la burocracia para la gran antológica que le van a hacer en su otro país, y a cuya inauguración ya se ha apuntado Cesar Antonio Molina con el buque del Cervantes y el presidente de la Xunta. También quiere hacer un nuevo asalto a Madrid, pues ya queda lejana aquella exposición que en los cuarenta presentó y conferenció Cela.

 

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