Manuel de la Peña: “La dieta cardiosaludable nos protege contra el infarto”

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Existen otros compuestos capaces de reducir el riego cardiovascular, como los flavonoides, los polifenoles y los compuestos azufrados

Las evidencias científicas apuntan a que la dieta es un importante determinante del riesgo de padecer enfermedad coronaria. En general, los ácidos grasos saturados de la dieta aumentan el colesterol LDL (malo, de lipoproteínas de baja densidad).

Cuando el LDL es demasiado alto, comienza a depositarse en las arterias y forma las placas de ateroma causantes de arterioesclerosis y enfermedad coronaria. La grasa saturada es capaz de aumentar el colesterol total, con lo que aumenta el riesgo aterógeno.

Sin embargo, según las investigaciones, un estilo de vida activo aumenta las rutas metabólicas del organismo y favorece la elevación del colesterol HDL (lipoproteínas de alta densidad), que es el bueno.

Influencia hereditaria

Se estima que las variaciones fenotípicas del colesterol son responsables de un 50-60% de la colesterolemia plasmática, por su gran influencia genética. El resto estaría determinado por factores ambientales, fundamentalmente por la dieta, sin olvidar el papel del ejercicio y del consumo de tabaco. Por todo ello, la modificación de la alimentación se considera indispensable.

Actualmente, más del 95% de las enfermedades crónicas son provocadas por alimentos, ingredientes tóxicos, deficiencias nutritivas y falta de ejercicio físico.

Tipos de grasas

Las grasas tienen un papel destacado en este contexto. Ahora bien, ¿qué son las grasas saturadas, monoinsaturadas y poliinsaturadas? Son las que ingerimos y que, por lo general, pueden dividirse en estas tres categorías.

Las dietas ricas en grasas saturadas están estrechamente vinculadas a las enfermedades cardíacas y se encuentran principalmente en productos de origen animal, como carne, huevos, leche entera, queso, crema y manteca.

Las grasas monoinsaturadas son las más cardiosaludables y están contenidas sobre todo en el aceite de oliva, los aguacates, las aceitunas, las almendras y las nueces de macadamia.

Los ácidos grasos monoinsaturados tienen su principal representante en el ácido oleico, principal ingrediente del aceite de oliva de la dieta y cuyo papel protector de la enfermedad coronaria está demostrado. Las grasas poliinsaturadas son ácidos grasos esenciales que se encuentran principalmente en pescados, mariscos y alimentos de origen vegetal.

Son componentes imprescindibles de las membranas celulares y precursores de las prostaglandinas, unas moléculas mediadoras en la inflamación. Son conocidas también como omega 3-6-9.

Niveles de colesterol cardiosaludables

Es esencial mantener nuestros niveles de colesterol total dentro de los niveles plasmáticos saludables. Para ello, el colesterol total siempre debe ser inferior a 200 mg/dl, el LDL menor que 70 mg/dl, y el HDL superior a 45 mg/dl. El índice aterógeno debe ser menor que 4,5. Asimismo, conviene mantener la homocisteína en niveles inferiores a 15 y la lipoproteína Lp(a) por debajo de 20.

La homocisteína es un aminoácido con capacidad aterógena que se obtiene del metabolismo del exceso de metionina, por lo que los niveles elevados de homocisteína en sangre constituyen un factor de riesgo importante para el desarrollo de enfermedad cardiovascular.

Lo mismo sucede con la lipoproteína Lp (a), integrada por moléculas compuestas por proteínas y grasa que transportan el colesterol y otras sustancias similares a través de la sangre. Representan una variedad de colesterol LDL que propicia la formación de trombos causantes de infartos de miocardio e ictus.

Dieta equilibrada

Es esencial consumir una dieta variada con marcada presencia de cereales, frutas, legumbres, verduras y pescado. Una dieta cardiosaludable se caracteriza por una ingesta de grasas inferior al 30% del aporte calórico diario total, de las que las saturadas deben suponer menos del 5%, las poliinsaturadas un 10% y las monoinsaturadas el 15% restante.

La ingesta de colesterol será inferior a 300 mg/día, y en caso de obesidad y/o hipertensión será preciso reducir la sal y el número de calorías. La adopción de estas medidas puede hacer innecesaria la utilización de fármacos para corregir los factores de riesgo.

En todo caso, se recomienda limitar el consumo de alimentos ricos en hidratos de carbono de absorción rápida, sin disminuir el aporte de hidratos de carbono complejos. El aporte calórico debe representar el 55-60% de la dieta. La fibra alimentaria tiene una importante aplicación en los pacientes diabéticos y en los problemas intestinales.

Además, cada vez se conoce mejor su papel beneficioso en la hipercolesterolemia, con disminuciones del LDL en torno a un 4-10%. Existen indicios acerca de que la sustitución de parte de las proteínas animales de la dieta por proteínas vegetales podría disminuir la absorción de colesterol.

El café no ha demostrado ser nocivo en lo que respecta a la enfermedad coronaria. Aun así, debe recordarse que su consumo excesivo en sujetos predispuestos puede elevar la presión arterial y el gasto cardíaco.

La sal no influye en los lípidos, pero sí en la función endotelial y en el desarrollo de hipertensión arterial, por lo que su ingesta debe limitarse, muy especialmente, en pacientes sal-sensibles. Finalmente, no debemos olvidar el aporte calórico total de la dieta, y favoreceremos un control del peso en los sujetos obesos.

En este sentido, cabe destacar la asociación clara entre exceso de peso y enfermedad cardiovascular. La obesidad es un factor de riesgo importante de hipertensión, hipercolesterolemia y enfermedad cardiovascular.

Componentes de la dieta con protección cardiovascular

En una dieta cardiosaludable deben contemplarse algunos componentes cuyo valor nutricional conocido muestra beneficios adicionales. Son algunas vitaminas, minerales y ácidos grasos, que confieren cierta protección cardiovascular.

La capacidad principal de los componentes protectores del sistema cardiovascular es su acción hipolipemiante por diferentes medios, como la acción antioxidante de algunas vitaminas y minerales, la disminución de la absorción de colesterol con el consumo de fibra y la reducción del colesterol plasmático que consiguen compuestos como los fitoesteroles y algunas grasas cardiosaludables.

Vitaminas como el ácido fólico y las vitaminas B6 y B12 son además cofactores del metabolismo de la homocisteína.

Existen otros compuestos capaces de reducir el riego cardiovascular, como los flavonoides, los polifenoles y los compuestos azufrados. Aunque en ocasiones no se conocen muy bien sus mecanismos de acción, se han comprobado sus beneficios.

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