Lugares de siempre para siempre

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Por Silvia Saavedra

El sábado pasado pude vagar por las calles de Madrid y perderme en ellas como solía hacer, pude maravillarme con el color de su cielo azul cian, acompañar con mi sonrisa las risas de los niños que agarraban fuerte la mano de sus padres y embriagarme con el olor de todo ese universo cromático perfecto que florece ante nosotros cada primavera. Por un instante, cerré los ojos, respiré con fuerza y sentí, un alivio extraño, como si nada de esto estuviera pasando o tal vez con la certeza de que todo esto pasará.

Tras el paseo me senté en una pequeña terraza de una pequeña calle y allí comprobé de nuevo -como si no lo recordase- cómo somos los españoles: apasionados, disfrutones, latinos como nosotros mismos, y cuánto subimos los decibelios cuando estamos “a gusto”. Pese a la distancia, resultaba inevitable escuchar las animadas conversaciones que despachaban unos señores de muy venerable edad en la mesa contigua. Hablaban de lo mismito de lo que hablamos todos en cuanto abrimos la boca (con mascarilla), como si este bicho hubiese inoculado en nuestro ADN la misma conversación en cada grupo: que cuándo nos toca la vacuna, que dicen que esta es mejor que la otra, que qué bien gestionan unos y qué mal lo hacen otros, de un familiar que ya no está, o de lo mucho que necesitaban el abrazo de un nieto, de una hija, o de un hermano.

En un momento dado, Julián, el integrante más callado del cuarteto, espetó: “¡Quién nos iba a decir a nosotros que iba a pasar esto, impensable! ¡Con lo que hemos bailado ya!. Lo que daría yo por pasar una noche en un tablao con vosotros hasta el amanecer, por probar esos mantecados de mi pueblo que traían en la tienda de la esquina que hace dos meses ha cerrado, por pasear por el mercado de siempre como antaño, por visitar la librería a la que mi padre me llevaba de niño en la que me aficioné a leer, y lo que daría por comer un cocido de toda la vida en ‘X'» (permitid que no haga publicidad).

¡Cuánta razón tenía Julián! Nuestra ciudad no sería la misma sin esos lugares “de siempre y para siempre”. Esos lugares que configuran lo mejor de Madrid y de los madrileños.

El café, con tanta y tan sabia distracción, se enfrió y Julián y sus amigos se marcharon despacito. De regreso a casa tomé más conciencia aún de la que ya tenía, de que deberá hacerse lo que deba hacerse para mantener en pie ese comercio centenario, los tablaos, los mercados, porque es lo mismo que mantener en pie la historia aún viva de nuestra ciudad. Son elementos diferenciadores de nuestra cultura, son parte de nosotros y formamos parte de ellos.  Son rasgos de un rostro que reconocemos como propio y que nos diferencia ante el mundo de otros. Tan importantes, como esas grandes reuniones familiares que soñamos con volver a celebrar.

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