Liébana, centenario

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Por Víctor Vázquez

Es el centenario de Ginés Liébana una celebración atípica. Pocos son los que alcanzan a celebrarlo entre risas y hablando de proyectos, drink en mano y anillo en el pulgar. Puro dandy.

Celebramos los noventa y nueve el marzo pasado con cava y gin cuando aún no sabíamos la que se nos venía encima. Por allí andaba, además de Christopher Lambert con la espada bajo el gabán, Antonio Lara, ángel liebanita de carne y hueso, ordenando el caos y poniendo en valor su obra; y Raúl Alonso, poeta entre la cotidianidad y la mística que, en su labor como editor, acababa de publicar La Merde, diario y cuaderno de viajes (facsímil) de Ginés, correspondiente a los años 1949 y 1950, y llamado así por las tapas negras donde Liébana había escrito, imitando una portada: Sartre, La Merde, Gallimard, como para pasear un existencialismo de provincias por Europa adelante. Resulta sorprendente poder leer un diario que tiene más de setenta años y poder charlar después con su autor sobre lo escrito; pero es que con Ginés casi todo resulta sorprendente: celebra su cumpleaños el dos de marzo, aunque nació el uno, tampoco se llama Ginés, sino César. Cambiado el nombre por pura sonoridad. El existencialismo, impostado en alguien de su vitalidad, también lo abandonó pronto, y que el gran pintor cordobés haya nacido en la provincia de Jaén tampoco es que tenga importancia.

Es una pena que desaparecieran de La Merde, los poemas que Rafael Alberti escribió de su puño y letra en ese mismo cuaderno y esperando estoy a ver si se publica el Cuaderno azul correspondiente a 1947.

Ad latere. Mientras esto escribo, recibo nota del último de sus disparos, por ahora… una antología de su obra poética, titulada Si me pides romero, seleccionada por el también poeta Juan Carlos Reche para la editorial Comares: “La poesía de Ginés Liébana es una literatura llena de color, vitalista, divertidísima, gamberra, iconoclasta y libérrima, sin dejar por ello de ser profunda, e incluso a veces herida, amarga por debajo del humor. El uso magistral del lenguaje (lleno de neologismos, andalucismos, vulgarismos, referencias culturales…) y la extrema originalidad a la hora de tratar temas como el amor y sus modas, la vulgaridad de la muerte, la vida en sociedad o el propio arte y su mercadeo, convierten esta obra lírica en un testimonio radicalmente singular, único y panorámico, incomparable con nada, aunque cercano en algunos detalles al postismo, con resabios surrealistas e incluso cierto acercamiento a las absurdidades del siglo XX.”

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