La extraña pareja

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La muerte tiene siempre sus caprichos, bien formando extrañas parejas en cama de mármol, bien dándonos una extraña vuelta de tuerca a la ironía que es la vida en esos últimos momentos.

A Wenceslao Fernández Flórez, ilustre periodista, novelista –El bosque animado– y déspota pseudo-socialista, de los de todo por el pueblo, pero sin el pueblo, lo trasladaron desde su muerte en la calle Alberto Aguilera de Madrid hasta un cementerio de Coruña para enterrarlo al lado de una prostituta ilustre que, cuando las carnes aflojaron, regentó La media teta, el prostíbulo más famoso de la ciudad. ¡Enorme libro podría salir de esas conversaciones bajo tierra! El único hijo del escritor, nunca reconocido legalmente y con el que tuvo una extraña relación, contaba la paradoja de que cuando entraba en la ciudad el coche que traía los restos de su padre, se cruzó con el suyo que, a su vez, salía en dirección contraria.

Este entierro sería muy del estilo de Cela, que en sus últimos momentos eligió una cosa más lírica, y no sólo por la compañía, ya que el Nobel adoraba los bajos fondos del barrio chino coruñés, hasta llegar a conseguir que el alcalde le regalara la placa de la calle Papagayo, la principal del negocio; sino también por la guerra que dio el ataúd a la hora de meterlo en su agujero, quedando atascado, sin poder subirlo ni bajarlo y con el riesgo de desparramarlo todo. En definitiva: hacerse notar hasta el final. Resulta curioso, ahora que lo escribo y me doy cuenta, que cuando trasladaban a don Camilo con toda su corte funeraria desde Madrid, me los crucé veloces, saliendo yo de Galicia.

A quien tampoco le importaría el entierro de Fernández Flórez, es a Baudelaire, que preferiría mil veces la compañía de su "Venus negra" antes de compartir reposo con su odiado padrastro, el general Aupick, del que aparece como secundario en una lápida tan venerada.

Continuando en París, pero cambiando del Montparnasse al Père Lachaise, sorprende ver enterrado a Michel Petrucciani, uno de los grandes pianistas de finales del siglo veinte, al lado de Chopin. Teniendo en cuenta la diferencia en años entre sus muertes, es evidente que ha sido a propósito. A saber a quién sacaron de allí para enterrar al músico y que pasadizos burocráticos lo consiguieron.

A Alejandro Sawa, inmortalizado por Valle Inclán como Max Estrella en Luces de bohemia, también lo estirparon de la tierra pagana del Cementerio Civil. El de Sawa ha sido el entierro más literario de Madrid, sin duda alguna, terminado pocos años después como un anónimo en un osario. Tampoco Valle Inclán, su iluminador, se libra y, fiel al esperpento, el día de su entierro: Reyes del maldito 36, y después de que dijera, al ofrecerle la extrema unción: "No quiero a mi lado ni cura discreto, ni fraile humilde, ni jesuita sabihondo", le metieron una cruz en el ataúd. Se enteró el joven Modesto Pasín y mando abrir la caja para sacar el crucifijo, resbalando y cayendo contra el muerto en el acto final de una escena que don Ramón no llegó a escribir por los pelos.
 

 

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