El sentido de la Navidad

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Habría que preguntarse a fondo sobre el porqué de las luces y adornos que este mes empiezan a invadir ciudades, establecimientos y hogares del mundo entero. Desde luego, el aumento en gasto de energía eléctrica debe de ser inmenso. ¿Acaso alguien puede concluir con simpleza que se trata de una campaña de marketing estupendamente orquestada por las Iberdrolas, Endesas y adláteres planetarias?

Supongamos que pocos creyeran que un tal Jesús, nacido hace veintiún siglos en una aldea perdida de Palestina, fuera Dios. Supongamos también que, aunque eso fuera cierto, la inmensa mayoría de los ciudadanos lo ignorara. Al mismo tiempo, y como consecuencia directa, supongamos que los Reyes Magos son una quimera de mente infantilizada (¡qué pérdida, por cierto, para vendedores de juguetes, colonias, complementos y electrodomésticos!). Concluyamos que lo que se celebra estos días no tiene nada que ver con ese acontecimiento, realmente singular si fuera cierto: Dios se ha hecho hombre.

Desde luego, cada cual, de acuerdo con su conciencia, puede pensar lo que quiera y actuar en consecuencia. Si la conciencia se acerca en sus juicios a la verdad, bondad y belleza de las cosas, tanto mejor. Si, por el contrario, los juicios y los actos personales se alejan de esos parámetros, agarrarse, que vienen curvas.

Para mí, el tinglado navideño tiene doble sentido. El segundo deriva del primero y, aunque también tiene consistencia en sí mismo, adquiere en aquel su profundidad más radical. Obviamente, desprecio los excesos navideños hipócritas en fasto y gasto.

A mi juicio, el sentido principal de la Navidad, que se manifiesta en la unión familiar, los encuentros, las luces, la música, los detalles en las comidas, en millones de tarjetas de felicitación, en la paga extra, las cestas, turrones, mazapanes, vestidos y trajes de gala…, es que Dios se ha hecho hombre, y adquirió para Sí toda la naturaleza humana desde bebé. Esto es una gran luz para la esperanza, y una alegría tremenda. Es algo que merece celebrarse a lo grande. La cuestión es que no se trata de un Ser lejano y desconocido, sino lo opuesto: un Padre, que se hace hermano y convive con una cercanía increíble a cada uno de nosotros, asume nuestras debilidades y camina delante de cada uno por el camino de la vida. No hay diferencia entre la vida de aquel Niño y la nuestra. Estamos en las mejores manos, que son las de Dios.

El segundo de los sentidos ya lo proclamaba un conocido anuncio de televisión: "vuelve, a casa vuelve, por Navidad. Hoy es Nochebuena, y mañana Navidad". Estas fechas, con excepciones no deseables, reúnen a familias enteras, provocan la sonrisa y el regalo, la felicitación, los buenos deseos. Se disparan los donativos, sale la compasión hasta del corazón más descarnado. Parece que, aun los no creyentes -quizá éstos más que ningún otro-, quieren dar rienda suelta a lo que entienden como bueno y deseable, al menos por unos días, a la paz, a la concordia. Como es lógico, para quien piensa que Dios ha venido a servir y a unir, estos sentimientos y felices realidades se fundamentan en esta venida, pero esto no quita para que muchas personas sin esta perspectiva, viendo tanto arbolito, luces y músicas, se pregunten sinceramente el porqué de la felicidad y sus causas, y deseen un mundo mejor para todos. Algo hay en el hombre que le lleva por esa senda. Cada conciencia que juzgue y actúe.

Hay un tercer grupo de personas, pequeño. Son los que se molestan cuando el resto ríe y se desea parabienes, cuando gasta un poco más para tener detalles de cariño o da limosna para los sin techo. Les molesta la Navidad y los buenos sentimientos que se despiertan con fuerza arrolladora. Aunque no se la deseo, allá ellos con su angustia. Los demás somos felices deseando el bien a todos y celebrándolo.

 

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