El belén progre

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Celebramos estos días el Solsticio de Invierno, que es la denominación correcta que ahora hemos de darle a lo que toda la vida se ha llamado Navidad. La progresía ha hablado, y de su boca sapiente brotan las palabras modernas que nos arrancarán de los ojos el triste velo de la ignorancia plebeya, promovida por el cruel monoteísmo. Un progre concibe el monoteísmo como un obispo gordo y calvo poseído de vicios inconfesables que censura en los demás y fomenta en sus lujosas dependencias habitacionales. La gente normal, en cambio, concibe al progre como un pedante acomplejado deseoso de hacerse perdonar su antigua fe de niño a base de creer en la inmaculada concepción de Greenpeace y en los belenes con figuritas que representan la Ley del Cambio de Sexo, el Decreto Antitaurino y el Prontuario de Educación para la Ciudadanía.

En un belén progre, además, no faltan los camellos, pero solamente por no poner coches. Gracias a la DGT sabemos que un automovilista es un delincuente potencial y reincidente, un sospechoso habitual amén de la mina más feraz para las arcas estatales. Hoy un coche es una confortable minicadena en cuyo interior hay asientos y hasta sujetavasos, pero es tontería poner el motor en marcha; sólo los excéntricos usan un vehículo para llegar a los sitios: entre las obras, los parquímetros, radares y patrullas, si usted llega a su destino impune y salvo merece la medalla del Congreso. Un camello es, por tanto, algo mucho más pertinente, y no contamina.

Para devolver a los oprimidos el papel que la Historia les negara, Baltasar debe situarse en el jacuzzi del palacio de Herodes, quien a su vez aparecerá caracterizado con bata y fonendoscopio, pues para un progre la matanza de los inocentes no es sino una saludable medida de control demográfico: la obra correctora de un juicioso doctor.

En un belén progre, el portal está subarrendado por el dueño de la posada, quien a pesar de haber clamado en la sinagoga a favor de la vivienda pública para el pueblo, se enriquece bajo cuerda realquilando cuchitriles de 30 metros cuadrados. La Sagrada Familia, sin embargo, merece el sacro epíteto precisamente porque forma parte del colectivo okupa y ha tomado posesión del inmueble desafiando el concepto de propiedad y privada y simbolizando la resistencia heroica de los parias frente al malvado especulador. San José, empero, no luce la proverbial barba porque es un hombre moderno que se cuida y se depila. La mula y el buey, amparados por el Estatuto de las Acémilas, comparten el espacio con los humanos de igual a igual.

Sobre la cima del monte, dominando la escena, el ángel -un funcionario de sexo indiferenciado, lo que complicó su elección de cuota pero atrajo a cambio el favor de la Plataforma de Pastores Gays- porta una pancarta que resume el espíritu de este paradigma de laicidad: “Paz y alianza a todos y a todas porque una y uno han alumbrado a un nuevo contribuyente”.

Uno opina que, en el fondo, los progres quisieran montar su belén tradicional y compartir la alegría sincera de quienes celebran en Navidad el amor de su Dios. No se puede exigir la alegría, pero sí que no nos impongan la soplapollez esa del Solsticio de Invierno.

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