El doctor Montes sigue siendo inocente

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El exportavoz del Gobierno de Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, tendrá que pagar 30.000 euros de indemnización al doctor Montes por haberle insultado, llamándole nazi de forma continuada en varios programas televisivos. La sentencia lo considera un insulto grave hecho con intención de lesionar la dignidad del médico. Desgraciadamente, en las tertulias de televisión se está instaurando el insulto y la palabra gruesa como norma. Parece que cuanto más alto se hable, más graves sean los ultrajes, más tacos y palabras malsonantes se digan, más mérito tiene el tertuliano. Y Miguel Ángel Rodríguez se luce en eso. El que supuestamente tenía que ser una persona seria y moderada, exportavoz de un Gobierno que representa, por tanto, a todos los españoles, no tiene ningún recato en faltar, despreciar a una parte de los ciudadanos y soltar todo tipo de burradas e improperios contra todo el que no está con él. A ver si con la sentencia se corta la tendencia a que todo el mundo diga en televisión lo que le parezca bien, sea verdad o mentira, afirmaciones sin ningún tipo de contraste o datos que las apoyen, o una ofensa, o una ocurrencia absurda. En este caso insistió incluso después de que el juez decretase que no había relación entre la actuación del doctor Montes (más bien de su equipo) y los fallecimientos. Lo mismo hizo Federico Jiménez Losantos, también denunciado y pendiente de juicio por sus insultos irracionales.

El doctor Montes creó en los Servicios de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés un ala donde se derivaba a los pacientes que entraban al centro en una situación agónica y de los que se preveía que iban a fallecer en unas pocas horas. En dicha sección se disponía de una cierta intimidad para las familias que podían acompañar al enfermo de forma más tranquila en sus últimos momentos, a la vez que se les dispensaba un tratamiento destinado especialmente a paliar sus síntomas, especialmente el dolor y la asfixia, por medio de la sedación. Y atendidos por médicos y enfermeras con experiencia en esas situaciones. Era evidente que en esas salas los fallecimientos eran muy abundantes, puesto que estaban dedicadan a personas en esa etapa concreta, cuyo final era inminente. Sin embargo, se pretendía, y se conseguía en la mayoría de los casos, que al menos fuera una situación lo más amable posible y con recogimiento y trato más humano para los familiares y los propios enfermos. Después del juicio, en el que el doctor Montes fue declarado completamente inocente, este servicio se cerró. Así bajaron los fallecimientos en Urgencias, claro, al estar sin asistencia estas salas y ser derivados los pacientes agónicos a otros puntos del hospital. En el hospital sigue muriendo la misma cantidad de enfermos, porque es inevitable, pero fallecen dispersados por las habitaciones, compartidas en muchos casos, o incluso en los pasillos cuando la saturación no permite su ingreso en cama. Y sin atender específicamente lo que son síntomas de la agonía como el dolor o la insuficiencia respiratoria consciente. No creo que haya supuesto una mejora de la asistencia en ningún caso, más bien opino lo contrario. Si algún familiar mío o yo mismo me encontrase en esa situación, me gustaría ser atendido por profesionales de este tipo y en un ambiente así.

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