Condenado por mayoritario

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T engo un amigo que no se atreve a salir de casa. La verdad es que el tipo genera un rechazo inmediato, despierta una clase de sensación que yo calificaría un punto por encima de ‘displicencia desdeñosa’ y dos puntos por debajo de ‘repulsión insoportable’. El nuevo estilo de sociedad que hoy anda vigente ha superado, inmisericorde, las vetustas señas de identidad por las que se define mi pobre amigo. Ustedes entenderán enseguida lo que pasa en cuanto proceda a describir las características anatómicas, ideológicas y sintagmáticas que presenta el reo:

1) Es varón. Esto, con no ser la más grave de sus notas definitorias, lo convierte en un peligroso agente del patriarcado a los ojos de sus compañeras de trabajo, quienes, atentas a las afloraciones de su connatural agresividad -las malas lenguas sostienen que aún dice ‘padre’, en lugar de ‘progenitor A’-, van poco a poco logrando su reeducación dentro de las correctas márgenes del silencio y el sometimiento. Le han comprado una careta y le hacen respirar helio para aflautar el provocativo timbre viril de su voz.

2) Es blanco. Aunque acaba de volver de Cancún y exhibe un saludable bronceado, este cambio de pigmentación meramente coyuntural no acierta a despistar a los guardianes de la ortodoxia racial, que atribuyen veladamente a mi amigo ciertas responsabilidades hereditarias en la destrucción de Cartago, la colonización del Congo y otras soluciones finales del mismo jaez. Tales indecentes taras predisponen en su contra a políticos, administradores de becas, jurados de premios y evaluadores en general, que se ahorran el tufillo fascista que desprende eso de enjuiciar méritos en cuanto aparece un candidato salido de alguna socorrida minoría étnica. 

3) Es heterosexual. Pero lo peor de todo es que no alberga intención ninguna de cambiar de sexo. Escandalosamente, se muestra orgulloso de "haber nacido así", sin siquiera haberse sentado dos tardes de nada a replantearse su ‘orientación sexual’. "¿Y cómo sabe usted que no le gusta lo otro, si no lo ha probado?". "Oiga, que yo estoy bien así", responde confundido mi amigo. Y la sociedad se ríe de su retrógrada contumacia: "Mira que aceptarse, así, sin más, lo de todo el mundo… ¡qué asco de conformismo!".

4) Es español. Uff. Qué mal suena ya, incluso escrito. De España, o sea, liquidadora de prósperas civilizaciones sudamericanas y opresora de pueblos intestinos que boquean entre sus garras tratando de salvaguardar su frágil identidad de azucena, de virgen acosada. En una pesadilla recurrente, me ha contado que Moctezuma lo señala con su avanzado instrumento de progreso social -el cuchillo de obsidiana para sacrificar niños-, y Carod le deletrea al oído el Estatut.

5) Es católico. Lo cual quiere decir que seguramente tenga alguna bruja a fuego lento en la caldera y un tierno efebo para su solaz en el trastero. El tipo que se sienta detrás de él en la oficina se pasa el día escudriñando su espalda, para ver si la camisa transparenta las desgarraduras de la autoflagelación. Otro, ferviente feligrés del padre Dan Brown, anda buscando el modo jurídico de demandarle por asesinar africanos después de que un día mi amigo confesara que no usa condón.

6) Y para terminar de estropearlo, es del Real Madrid, ese equipo que, como todo el mundo sabe, fundaron a pachas Bernabéu y Mussolini.

Y además fuma, conduce y no se depila. Juzguen ustedes si hay absolución posible para alguien tan insultantemente normal.

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