Callejeando Madrid

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Madrid es una ciudad para el callejeo, para la vagabundía. Una ciudad que gusta de enseñar sus rincones al que se tira a la calle sin rumbo. Es verdad, que cada uno tiene su particular kilómetro cero de donde arrancar al paseo hasta que llega esa oscuridad cómplice que nos convierte en seres nochiérnegos y noctívagos, como los (nos) definió Umbral. Mi punto de arranque, por muchos años, fue la acaballada plaza de San Juan de la Cruz, donde esperaba, forrado de periódicos bajo la camisa para combatir el frío y destemplado por un viaje nocturno en bus desde la esquinada Galicia, por ver salir del portal a la chamberilera de mis sueños, a mi morena de ojos de cielo nublado y turbio. Hoy, a Franco lo han estirpado de su pedestal, y yo salgo, esta vez con los periódicos bajo el brazo, de un poco más al sur: de la Glorieta de Bilbao.

Todo cambia más rápido de lo que nos gustaría. Cada día se descubren nuevos locales, pero cierran otros con los que estaría bien poder compaginar nuestra ruta, como el centenario Corripio y sus tapa-huecos de sidra y empanada.

Hoy es un día cualquiera, la pendiente de Malasaña me lleva a comer en La Isla del Tesoro: un vegetariano con platos pintados a mano que empezó como una clandestina casa de comidas en el piso de la dueña y donde, de aperitivo, ponen los tan catalanes garbanzos con ali-oli que están buenísimos. Después de un café en El Bandido doblemente armado, en el que me entretengo de más por el vouyerismo de escuchar a Soledad Puértolas hablar de un aburrido acto para escritores al que había acudido, acto de muchas horas y poca chicha, según decía, la ruta continúa hasta el Areia: un nuevo café que bebo tirado como un romano en las camas que han colocado contra la ventana y en las se puede leer el periódico entre cabezadas. Fin del periódico. Nada que leer. Parada técnica en La Casa del libro y compro Los gatos príncipes.

En la Plaza de las Bárbaras, los yonquis de siempre. De la exposición sobre las Vanguardias rusas que organiza la arbórea baronesa como complemento del Museo Thyssen, no me entero de nada, pero hay fotos del poeta Maiakowsky, que siempre me ha llamado la atención. Algo es algo.
ºº
La noche siempre es una última esperanza, un último encuentro. Se encienden las farolas empujándonos a apurar ese día que no queremos aún cerrar, como si estuviera incompleto. Entro en el Café Manuela, no lo hacía desde hace tiempo, y después de que casi me volaran la cabeza de un botellazo. Un rápido bloody mary y me animo a meterme en el Club Bukowsky: un nuevo local que pretende animar, entre copa y copa, la cultura alternativa. Tiene cachaça, así que pasaré de vez en cuando. Me invitan a un cocktail de absenta que pega duro. Cocktail, que es una palabra muy cateta que estos días celebra aniversario de su invención. Los que se habrán bebido desde entonces.

 

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