La antigua calle de las Platerías

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Recibió este nombre el tramo de la actual calle Mayor que va desde la Puerta de Guadalajara hasta la  Plaza de la Villa. Ciertamente, no es un espacio muy dilatado, pero encierra importantes reseñas históricas. Desde antiguo, esta vía estuvo formada por casas de tres o cuatro alturas en cuyos bajos ejercían la actividad ricos comerciantes y expertos artífices plateros que daban a conocer su floreciente y aventajada industria. Son conocidos los alardes que llevaron a cabo con motivo de las entradas en Madrid de las reinas Margarita, esposa de Felipe III (1599), y de Mariana de Austria, esposa de Felipe IV (1649). En sendas ocasiones expusieron frente a sus comercios aparadores atiborrados de alhajas de oro y plata, que provocaron la admiración de los transeúntes.

Pero no sólo los comerciantes dieron fama a la calle de las Platerías. Otros hechos y lugares merecen ser destacados por su trascendencia cultural. Así, en el nº 46 de la referida calle Mayor, nació, el 25 de noviembre de 1562, Félix López de Vega y Carpio, a quien se le atribuyen cerca de 3000 creaciones, y de quien se dice que era capaz de dictar simultáneamente a sus amanuenses tres argumentos distintos de sus obras. Este Fénix de los Ingenios vivió una juventud licenciosa. Militar, doctor en Teología y esposo bínubo, tuvo constantes aventuras amorosas y caballerescas que desembocaron en persecuciones y alguna que otra detención. Ya en edad avanzada, ingresa como Caballero profeso de la Orden de San Juan. 

En el nº 59, nos encontramos con la Farmacia de la Reina Madre, el  establecimiento más antiguo de Madrid. Fundado en  1576 en la calle del Sacramento como tienda de alquimia, no tardó en adquirir celebridad por las acertadas fórmulas magistrales que componía. Hasta el mismo Felipe II encargó allí la pócima que aliviaba sus dolores de gota. Otros miembros de la Corona también prefirieron suministrarse de esta botica antes de utilizar la real. Así la reina Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V y Reina Madre de Carlos III, depositó su confianza en la farmacia, ante la creencia de que iba a ser envenenada por su hijastro Fernando VI, y permitió que la botica usara su nombre. Visitar la rebotica y observar la colección de albarelos centenarios, produce gran añacea, pero mucho más fascinante es bajar al sótano, donde adormece todo un elenco de maquinaria y moldes para producir comprimidos, óvulos, supositorios y cuantas composiciones les eran requeridas. La biblioteca es un auténtico tesoro. En sus anaqueles reposan cerca de 400 volúmenes, entre  incunables, dioscórides y rarísima farmacopea. Desde el sótano referido parte una red de galerías con distintas orientaciones. Una de ella comunicaba con el Palacio Real y sirvió de vía secreta al rey Alfonso XII para visitar a su amada, que residía en la primera planta de este edificio. También  utilizaron estas sendas subterráneas, tanto Salustiano Olózaga en momentos de apuros, como Luis Candelas para salvarse de la horca.

Una placa colocada en el nº 61 nos recuerda que allí vivió y murió Pedro Calderón de la Barca. Nacido en Madrid, el 17 de enero de 1600, cursa Humanidades en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús con gran aprovechamiento y ejemplar conducta, pero la temprana muerte de sus padres agrió su carácter y se entrega a la vida desordenada. Pronto es conocido por sus magníficas dotes comediógrafas y escribe para el Ayuntamiento de Madrid y Palacio. En 1636 Felipe IV le concede el hábito de la Orden de Santiago. Resulta herido en las luchas de Cataluña donde fallecería su hermano José. Por esos años también muere la mujer con la que mantenía relaciones y con quien tuvo al pequeño Pedro José. En 1650 ingresa en la Orden Tercera de San Francisco y más tarde es nombrado Capellán de Honor de Su Majestad. Es la época en que escribe sus famosos Autos Sacramentales que junto a los "dramas calderonianos" le granjean fama mundial. Vive de la humilde pensión concedida por el Rey hasta que muere el 25 de mayo de 1681.  

No quedaría completo ese relato, si nos olvidáramos del romántico Café de Platerías, ubicado en el nº 38 de la calle Mayor con salida a la Plaza de Herradores nº 1. Se hizo popular por sus "barquillos de helado rosa guarnecidos de huevos hilados y moldecitos de soconusco", que servía desde las 13 horas, y por los sorbetes ofrecidos por la tarde a 4 reales. Las tertulias del Platerías estuvieron muy concurridas, sobre todo entre 1920 y 1930, frecuentadas por Emilio Carrere, José López Rubio, Sainz de Robles, José María Quiroga y Rafael Cansinos, quien en sus explicaciones "fecundaba a sus discípulos con el hisopo de su saliva". Al Platerías le dedicaron habaneras, y un enamorado lo evocó con esta composición:

Era joven el otoño en Madrid/ cuando en Platerías te vi entrar,/ llegabas con paso firme y resuelto/ de tu Guadalajara natal./ Me llamo Maca, dijiste,/ y el hipocorístico a diosa me sonó./ Tus ojos verdes y gruesos labios,/ se adueñaron de mi corazón./ ¡Ay café de mis pasiones,/ donde el amor yo encontré,/ gracias por el bien que me hiciste,/ cómo te lo agradeceré!

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