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15/12/2017 - Julio de la Fuente Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Aporofobia
A  las patologías sociales hay que ponerlas nombre, como a las borrascas, aunque sea sólo para que demos importancia a un problema que ha pasado desapercibido durante años.

Quizá hasta ahora nunca hayas oído hablar de aporofobia o lo hayas escuchado recientemente. La palabrita, que la RAE va a incluir en su diccionario digital, viene del griego ‘a-poros’ (pobre) y ‘fobia’ (temor). Denomina, por tanto, al miedo, aversión, rechazo, odio y hostilidad y violencia hacia los pobres y por extensión hacia los indigentes, sin techo, mendigos o pedigüeños.

Hace unos días, precisamente el 28 de noviembre, Día Internacional de las Personas sin Hogar, Florita, una anciana de 84 años que dormía junto a su pareja entre cartones en la calle Cardenal Cisneros de Madrid, recibió una brutal paliza que dejó su cara amoratonada. Su cara y templanza la convirtieron en la noticia de la semana.

La Policía no tiene claro si recibió esos tremendos golpes por puro odio o para robarle el dinero que llevaba encima y con el que pretendía viajar a Rumanía, algo que finalmente ha podido hacer gracias a la ayuda de los vecinos. Los agentes sospechan que los agresores, que también eran rumanos como la víctima, conocían la existencia de ese dinero.

Cuando la hipótesis de que fueron cuatro ‘cabezas rapadas’ o niños ricos los que pegaron por “diversión” a Florita se desvaneció, la palabra aporafobia ya había llegado a los textos y titulares periodísticos. Porque sea o fuere este caso, delitos de este tipo han existido y siguen existiendo. Todos nos acordamos que una mañana de invierno unos energúmenos quemaron viva a una indigente que dormía en un cajero de Barcelona para “pasárselo bien”.

Ésta es la expresión más extrema y aberrante de esta patología, convertida en estos casos en asesinato con agravante por odio. Pero la aporofobia la lleva encima de una forma mucho más suave una gran parte de la población. Aquellos que hacen invisible o suben el volumen de sus auriculares cuando alguien pide en el Metro, aquellos que creen que son unos perdidos, drogadictos o vagos sin querer conocer su historia, aquellos que no hablan de un familiar que lo está pasando mal y en cambio ensalzan los logros de otro, o aquellos, como dijo alguna, que piensan que sólo estorban en las calles a los barrenderos.   

La aporofobia se alimenta del extendido prejuicio de que los pobres son culpables de la miseria que les aqueja, lo que lo convierte en un caldo de cultivo para asociaciones y partidos ultras que se dirigen a las clases medios o bajas el mensaje de que estas personas van a quitarle su trabajo o que se “aprovechan” de ayudas sociales “sin merecerlas”.

También los ven como un fracaso social, causa o consecuencia de que no vivimos en la sociedad que nos prometieron. Para una sociedad que solo premia a quien tiene éxito y dinero, el pobre molesta. Y es que el inmigrante que molesta es el que no tiene dinero. Messi realmente no molesta a nadie… aunque seas del Real Madrid.









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